Mientras
asciendo al latir de la tierra dormida,
un enigma
desafía el silencio
pretendiendo
descifrar sus secretos.
Es la danza
silenciosa de la tierra y el infinito.
El latido que
resuena en el corazón de la piedra
con la fuerza
ancestral que habita en lo alto.
La montaña se
adueña de ti,
y tú te entregas
sin resistencia.
Es
ella quien te permite llegar, quien te acepta.
Los pasos
desnudan tus límites
y ella, en su
silencio solemne,
comienza a
habitarte.
En el umbral del
cielo el tiempo se detiene.
Se despliega el
silencio como un poema infinito
de luces y de
sombras.
En un instante
la vastedad te envuelve,
y dejas de ser
tú para ser parte de todo.
Entonces lo
comprendes:
comprendes la
emoción sin límites,
comprendes el
eco que se estremece
en la
profundidad de la piel,
comprendes
entonces la voz primigenia que canta
con la versión
más plena de ti mismo.
Es un diálogo
íntimo con el universo,
un misterio que
late en lo profundo,
una certeza
inexplicable,
porque solo
quien ha subido, lo sabe.
